martes, 12 de mayo de 2015

La actitud hace la diferencia


Cuando Margarett y Steven tomaron la loca decisión de casarse, lo hicieron de una manera tan improvisada que no alcanzaron a hacer una lista correcta de los invitados a su boda. No pudieron incluir tantas personas que sabían estarían gozosos de compartir la buena nueva. Pero el papeleo, los compromisos laborales y la necesidad de ahorrar un poco más de dinero para la boda eclesiástica, hicieron que el evento civil se resumiera en una cena familiar de última hora en un  hotel de la ciudad. Margarett había encargado su traje de novia a la usanza tradicional, en color marfil, aunque con un toque de rebelde resistencia. De modo que, iría sin nada de velo, únicamente con unas rosas hechas del mismo material del vestido, decoradas con delicada pedrería, y atadas a una cinta de seda. También habían elegido unas hermosas tarjetas para los invitados y unos recuerdos delicados y prácticos: unas cajas transparentes para Kisses con almendras atadas con cintas. El bouquet, la corona para la jardinera, las almohadillas para los anillos, el vino espumante para el brindis, las copas especiales, todo, quedó reservado para esa segunda oportunidad y guardado en una maleta. “Dios sabe lo que hace y por qué lo hace” se dijo. El viaje de regreso era ineludible, el cambio de fechas extremadamente caro. Los documentos legales a penas lograron salir ese dia por la mañana. Así que o se casaban por la tarde o se esperaban a volver en unos 6 u 8 meses. Así que, ¿por qué no? Al menos la via civil podría arreglarse y avanzar con los tramites legales para la experiencia de vivir en otro país. Margarett avisó a varios de sus familiares que vivían cerca de su casa, y a sus dos hermanos. Steven por su lado, avisó a sus pocos amigos, ya que salvo su pequeña hija Julia, fruto de su segundo matrimonio, no tenía más parientes en la ciudad. La decisión se tomó a las 11 de la mañana y el evento citaba para las 6:30 pm. A las 12 horas exactas, Steven tomaría un vuelo hacia Nueva York, para regresar a su trabajo, justo a tiempo para el inicio de una conferencia mundial sobre cambio climático. Así que sin mucho detalle, todo por teléfono, tanto Margaret como Steven organizaron la boda civil y se reunieron en el hotel casi dos horas más tarde de lo previsto. Un poco más de 15 familiares participaron. Todos, menos el primo James. Steven lo pensó mucho, y sabía que James tenía la posibilidad de llegar a la boda, pero le dio pena avisar contra reloj. Qué pensaría Martha? La esposa de James? Martha era una mujer muy importante, vivía muy comprometida en sus negocios y de seguro estaría demasiado ocupada para acompañar a James. Siendo que era una mujer acostumbrada a la etiqueta y el protocolo, se vería terrible avisarle a quemarropa. Así que, aunque el primo James era todo terreno, Margarett y Steven podrían reservarles una invitación más formal para la boda eclesiástica. Pero craso error. James se Dio cuenta y no perdonó la omisión. Otros parientes que se dieron cuenta por las redes sociales tampoco se sintieron cómodos de haber sido excluidos, pero ¿cómo explicarles a todos? Margarett y Steven escribieron un mensaje incluyendo a los familiares y amigos que no pudieron estar y se excusaron con todos indicando que confiaban en que Dios les permitiría hacer algo más organizado para la segunda etapa, es decir, el matrimonio por la iglesia. Pero el primo James, dejó de hablarles. Se dio por ofendido. Y tal vez el cariño se habría perdido para siempre si no fuera porque Martha, al ver la reacción inmadura de James, se tomó la libertad de escribirles a Margarett y Steven que lamentaba que no hubieran podido estar presentes, pero que reconocía que las ocupaciones diarias y la vida que llevaban los había alejado, que podía notar la felicidad de los rostros en las fotos, y que lejos de sentir molestia estaba muy contenta de saberlos en el orden correcto. Les reiteró el cariño de familia que si no se expresaba frecuente, quería que supieran que existía y que en ningún momento pensaran que se habían ofendido, pues también eran responsables del distanciamiento de los últimos años. Margarett y Steven sabían que James por su carácter no habría dado su brazo a torcer pero Martha, mujer madura y serena, fue capaz de sembrar paz  donde parecía que habría guerra. Al menos ha podido ayudarle a James a tomar una actitud más conciliadora y a reflexionar sobre qué parte de la ofensa fue realmente la respuesta natural de una actitud  sembrada en el pasado. Para James ha sido difícil, porque no comprende cómo después de tantos momentos sensibles en la familia, para este preciso acontecimiento él no fuera parte. Como si cualquiera menos él fue más importante. Y eso es lo que Martha le pidió que pensara.