sábado, 16 de mayo de 2015

Lo que digo cuando me miran y agacho la cabeza

¡Yo también tuve una familia!. Nos  levantábamos  al sonido de los trastes en la cocina. Mi padre untando la tostada con mantequilla con ese movimiento tembloroso en las manos,   que no era parkinson, pero que también lo tenían alguna de mis tías  y mi abuelo paterno.  Mientras mi madre salía con el maletín  apurando a las empleadas para que ambos pudieran tener la mesa servida. Ella guapa y olorosa, bien vestida. El gozoso de verla tan hermosa. Mi familia era aquella casa, con madre, padre, hermanos, primos, tíos, niñeras, cocineras, chófer. Mi familia interminable de miembros que estudiaban, trabajaban y entraban y salían de mi casa grande, donde siempre hubo cuartos para todos, camas limpias, comida, abundante comida,  sacos de frutas y verduras, y un congelador lleno de mariscos y carnes de todo tipo. ¨Si comemos bien no nos enfermamos, decían¨. Mi padre era de gustos exquisitos y muy selecto. No se conformó nunca con un simple arroz con huevo. Tenía que ser la mesa limpia, elegante y de múltiples aromas: Pan fresco, tocino, queso cheddar,queso fresco y de crema, omelettes, salchichas con maple, mermeladas, peanut butter, miel de  abejas, tè negro o de jengibre y alguna que otra vez frittata de papas o algún johny cake que mi propio padre hacia con leche de coco, los días libres. A él, frutas en el desayuno nunca le gustaron, y tampoco las ensaladas como plato principal. Pero se ponía contento cuando traía de sus viajes algo salvaje para degustar como cerdo de monte, guardatinaja o venado, langosta, ostiones o  unos tubérculos que allá conocemos como ñampí, los hay blancos y morados y son muy similares a la patata dulce, aunque el sabor es mucho mejor (menos dulce). Es un alimento poroso, y recién hervidos se deshacen en la boca.

Mi casa tenía una mesa de madera preciosa, dicen que era laurel. Y 8 sillas tan viejas como yo, que ahora cuento 38. Pero entonces sólo tenía 12 años. Mi madre era la artífice de toda esa casa. Celebraba fiestas con mucho esmero. Con grandilocuencia y lujo. Hoy entiendo que aquello, era lujo. No recuerdo haber gozado de la atención de mis padres tanto como para recordar que  se sentaran a  leerme cuentos  o hacer conmigo las tareas todos los días. Pero recuerdo su filosofía de autosuficiencia (mi madre) y esfuerzo propio (mi padre). Como sea, ellos vivieron su vida y nos mostraron la ruta para la nuestra.

Tampoco recuerdo haber tenido limites de estudio ni negativas para adquirir libros nunca. Mi casa, siempre tuvo libros en abundancia, enciclopedias, literatura, metafísica, forestería, género, desarrollo, otros idiomas. Y también, amigos. Gente buena que hicieron de mis navidades  algo imborrable, en una época de guerra y privaciones generalizadas. Amistades que sufrieron mucho, como don Arturo cuya hija fue asesinada irresponsablemente en una discoteca de Colombia. Como el sr. Vincent que nos regalaba chocolates a manos llenas y que nunca supimos de él.  Como la familia Ferreira que nos abrió las puertas de su hogar y hoy todavía juntos, nos dan esa alegría de conocerlos.

Yo también tuve un país difícil y triste, acostumbrado a las muertes y a las amenazas, bloqueado y paranoico, un país violentamente dulce, donde miles se jugaron la vida y fueron torturados para que delataran a sus  otros hermanos que creían en un sueño de igualdad. Yo también viví la humildad de unos abuelos pobres y las lágrimas de una madre que tenia horror a la pobreza. Y viví el miedo en los ojos de mis padres cuando supieron secretamente, porque su cuerpo se los susurró, que iban a morir. Y a los dos tuve la oportunidad de besarlos, de darles las gracias, de apretar sus manos, de orar por ellos, de sentarme en la estación de la ¨¨calaca¨¨ a su lado y cargarles la maleta mientras el tren ineludible de ese otro mundo llegaba.

 Yo también tuve que emigrar, cuando mi casa quedó vacía. Y puse el candado a mi pasado que era esa casa y esa familia y agarré el camino de lo incierto y de la vida fuera de ella, como aquellos hombres de las cavernas que nunca supieron lo quera la luz porque vivieron atados a sus  cadenas porque no conocían otra cosa que su oscuridad. Yo también lloro cuando escribo esto y se los cuento. Mientras recorro el camino a mi trabajo y la manzana que como, no tan fresca, se me queda en la garganta mientras aspiro el aire y veo las ardillas saltando entre los arboles y la fila de carros que quieren llegar temprano a sus trabajos y el tren que avisa que esta cerca con ese pitido universal, y mis pasos otra vez tristes, los sofoco arrancándole el ánimo a los cielos, dejando las sandalias rotas, colgadas a un sueño y a un corazón que mira únicamente su propósito. Porque ahora, hoy, también comprendí que las lágrimas, son el lujo que una no se puede  dar; en un sitio, donde no ha sido nunca, nadie.