jueves, 6 de septiembre de 2007

CUENTO

La Guayabita Olorosa

Ve hombre, apareció aquí en el pueblo, ¡uh! Cuando yo todavía era cipote, una mujer de cuerpo medio enjuto pero insinuoso. Ni tan bonita ni tan fea la condenada... ¡se gastaba una miradita! Como de quien no quiere la cosa... entre modosa y atrevida. Pero lo raro en ella no era todo eso, si no un olorcito que ella despedía cuando pasaba, al parecer, por emociones fuertes. Yo no sé si eso es científico, porque hasta donde entiendo hay algunos animales que para defenderse sacan unos olores generalmente desagradables. Pero a esta bandida lo que se le salía era un olor de muerte, o como dicen los ticos, “pura vida”. No sabría cómo explicarte lo que sentíamos los hombres. Porque al parecer el olorcito de la Guayabita esa, solo lo sentíamos los hombres. ¡Era magnífico! Nos embebía de un alborozo indescriptible, como en una niebla energizante. Hasta los ancianos la volteaban a ver con energía recóndita. Ni siquiera los niños se escapaban de su influjo. Al principio, nadie estaba seguro de quién era exactamente el ser que embriagaba los ámbitos del pueblo: las bancas de los parques, los asientos del bus, las iglesias, las casas, las calles, los ríos, hasta que un día, como revelación divina, solitita como Dios la mandó al mundo, entró a la venta, esa que quedaba al ladito de la Cantina de Goyo. Andaba el vestidito blanco con flores anaranjadas, la medallita de nuestra señora de Guadalupe colgadita en su pecho y unas alpargatas pálidas enroscadas a lo largo de sus piernitas. Su cabello rojizo como el barro, se penduleaba al son de sus caderas. ¡Ay! Qué Guayabita... todos nos quedamos fijos en ella. Pidió unas poterías, que una lata de atún, que una lata de maíz, que dos litros de leche, que un pan de jabón y cuatro bolsas de detergente. Se disponía a salir cuando entró un grupo de chavalos, digamos semidesnudos, con tremenda calor, pieles aceitosas y sudores de variadas tonalidades, dizque a pedir agua, y ¡no has de creer la tal Guayabita lo que le pasó! Empezó a sacar el olorcito, y cada paso que daba entre la marabunta de chavalos, paso que emitía la volcanada de olor... impávidos los clientes de Goyo nos quedamos viendo el fenómeno. Una especie de nube la rodeó como incienso festivo. Ella con el rostro inmutable disimulaba la embriaguez que traía, y entre pudor y encanto desapareció de la tienda. Nadie dijo nada. Pero todos nos dimos cuenta. Nos volvimos a ver atónitos y pensamos para adentro “es ella”. Uno de los hombres le preguntó más tarde, a través de una prima que se hizo amiga suya, por qué despedía ese olor de forma tan exagerada. Ella tan resuelta como sus caderas olorosas dijo: “¿adónde crees que se le nota el deseo a la mujer?”
(Publicado en: El Nuevo Amanecer Cultural el Miércoles 15 de septiembre de 2004)

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