miércoles, 21 de octubre de 2015

Dormir caminando

Bien. Puede sonar raro, pero una puede dormirse caminando. Tan simple como levantarse a media semana contra todo pronóstico, resintiendo la falta de  descanso, arrastrando el fardo del deber en toda su crueldad, auto convencida que vale la pena todo esfuerzo por este presente de poderosa caducidad  al que hay que oponerse con optimismo; en fin, que te levantás de la cama, te bañás, te vestís y tomás tus cosas, las mismas cosas que en la noche dejaste a mano para sólo tomarlas y salir corriendo. Despertás por unos instantes para saludar, despedirte, y tomar el metro y dormitar todo el camino abrazada a tus cosas, mientras con un ojo lees los rótulos de cada estación y con el otro, calculás cuánto mas podés seguir cabezeando, sin llegar al ronquido, hasta la estación final. Bajás del metro y subís la escalera abrigándote un poco por aquéllo de las ráfagas de aire, y qué bien, es un dia frío y nublado, y tan temprano que está oscuro- pero ya hay tanta gente que se ha adelantado a vos- Muchos que no duermen desde horas antes que vos salieras de casa. Y seguís tu curso, prácticamente en modo automático, con alguna parte del cerebro en vigilia y la mayor parte luchando por no apagarse mientras caminás, y entonces suscita un mareo, que es igual que un tango, una lucha entre dos que quieren lo mismo pero a la vez se rebelan. Te detenés o seguís caminando? Hacés trucos, mirás fijo la señal de tráfico o le pegás los ojos a los deportivos morados que lleva la señora de enfrente, o a los zapatos de cuero crudo que lleva un joven economista bien pagado y ambicioso que se acelera adelante de vos. Respirás profundo como para que  el aire frío le tuerza el cuello al cisne y te den ganas de despertar o de apagarte por completo sin importar si el cuerpo caminante llegó al destino con una colcha encima o tragando un café.

sábado, 16 de mayo de 2015

Lo que digo cuando me miran y agacho la cabeza

¡Yo también tuve una familia!. Nos  levantábamos  al sonido de los trastes en la cocina. Mi padre untando la tostada con mantequilla con ese movimiento tembloroso en las manos,   que no era parkinson, pero que también lo tenían alguna de mis tías  y mi abuelo paterno.  Mientras mi madre salía con el maletín  apurando a las empleadas para que ambos pudieran tener la mesa servida. Ella guapa y olorosa, bien vestida. El gozoso de verla tan hermosa. Mi familia era aquella casa, con madre, padre, hermanos, primos, tíos, niñeras, cocineras, chófer. Mi familia interminable de miembros que estudiaban, trabajaban y entraban y salían de mi casa grande, donde siempre hubo cuartos para todos, camas limpias, comida, abundante comida,  sacos de frutas y verduras, y un congelador lleno de mariscos y carnes de todo tipo. ¨Si comemos bien no nos enfermamos, decían¨. Mi padre era de gustos exquisitos y muy selecto. No se conformó nunca con un simple arroz con huevo. Tenía que ser la mesa limpia, elegante y de múltiples aromas: Pan fresco, tocino, queso cheddar,queso fresco y de crema, omelettes, salchichas con maple, mermeladas, peanut butter, miel de  abejas, tè negro o de jengibre y alguna que otra vez frittata de papas o algún johny cake que mi propio padre hacia con leche de coco, los días libres. A él, frutas en el desayuno nunca le gustaron, y tampoco las ensaladas como plato principal. Pero se ponía contento cuando traía de sus viajes algo salvaje para degustar como cerdo de monte, guardatinaja o venado, langosta, ostiones o  unos tubérculos que allá conocemos como ñampí, los hay blancos y morados y son muy similares a la patata dulce, aunque el sabor es mucho mejor (menos dulce). Es un alimento poroso, y recién hervidos se deshacen en la boca.

Mi casa tenía una mesa de madera preciosa, dicen que era laurel. Y 8 sillas tan viejas como yo, que ahora cuento 38. Pero entonces sólo tenía 12 años. Mi madre era la artífice de toda esa casa. Celebraba fiestas con mucho esmero. Con grandilocuencia y lujo. Hoy entiendo que aquello, era lujo. No recuerdo haber gozado de la atención de mis padres tanto como para recordar que  se sentaran a  leerme cuentos  o hacer conmigo las tareas todos los días. Pero recuerdo su filosofía de autosuficiencia (mi madre) y esfuerzo propio (mi padre). Como sea, ellos vivieron su vida y nos mostraron la ruta para la nuestra.

Tampoco recuerdo haber tenido limites de estudio ni negativas para adquirir libros nunca. Mi casa, siempre tuvo libros en abundancia, enciclopedias, literatura, metafísica, forestería, género, desarrollo, otros idiomas. Y también, amigos. Gente buena que hicieron de mis navidades  algo imborrable, en una época de guerra y privaciones generalizadas. Amistades que sufrieron mucho, como don Arturo cuya hija fue asesinada irresponsablemente en una discoteca de Colombia. Como el sr. Vincent que nos regalaba chocolates a manos llenas y que nunca supimos de él.  Como la familia Ferreira que nos abrió las puertas de su hogar y hoy todavía juntos, nos dan esa alegría de conocerlos.

Yo también tuve un país difícil y triste, acostumbrado a las muertes y a las amenazas, bloqueado y paranoico, un país violentamente dulce, donde miles se jugaron la vida y fueron torturados para que delataran a sus  otros hermanos que creían en un sueño de igualdad. Yo también viví la humildad de unos abuelos pobres y las lágrimas de una madre que tenia horror a la pobreza. Y viví el miedo en los ojos de mis padres cuando supieron secretamente, porque su cuerpo se los susurró, que iban a morir. Y a los dos tuve la oportunidad de besarlos, de darles las gracias, de apretar sus manos, de orar por ellos, de sentarme en la estación de la ¨¨calaca¨¨ a su lado y cargarles la maleta mientras el tren ineludible de ese otro mundo llegaba.

 Yo también tuve que emigrar, cuando mi casa quedó vacía. Y puse el candado a mi pasado que era esa casa y esa familia y agarré el camino de lo incierto y de la vida fuera de ella, como aquellos hombres de las cavernas que nunca supieron lo quera la luz porque vivieron atados a sus  cadenas porque no conocían otra cosa que su oscuridad. Yo también lloro cuando escribo esto y se los cuento. Mientras recorro el camino a mi trabajo y la manzana que como, no tan fresca, se me queda en la garganta mientras aspiro el aire y veo las ardillas saltando entre los arboles y la fila de carros que quieren llegar temprano a sus trabajos y el tren que avisa que esta cerca con ese pitido universal, y mis pasos otra vez tristes, los sofoco arrancándole el ánimo a los cielos, dejando las sandalias rotas, colgadas a un sueño y a un corazón que mira únicamente su propósito. Porque ahora, hoy, también comprendí que las lágrimas, son el lujo que una no se puede  dar; en un sitio, donde no ha sido nunca, nadie.

martes, 12 de mayo de 2015

La actitud hace la diferencia


Cuando Margarett y Steven tomaron la loca decisión de casarse, lo hicieron de una manera tan improvisada que no alcanzaron a hacer una lista correcta de los invitados a su boda. No pudieron incluir tantas personas que sabían estarían gozosos de compartir la buena nueva. Pero el papeleo, los compromisos laborales y la necesidad de ahorrar un poco más de dinero para la boda eclesiástica, hicieron que el evento civil se resumiera en una cena familiar de última hora en un  hotel de la ciudad. Margarett había encargado su traje de novia a la usanza tradicional, en color marfil, aunque con un toque de rebelde resistencia. De modo que, iría sin nada de velo, únicamente con unas rosas hechas del mismo material del vestido, decoradas con delicada pedrería, y atadas a una cinta de seda. También habían elegido unas hermosas tarjetas para los invitados y unos recuerdos delicados y prácticos: unas cajas transparentes para Kisses con almendras atadas con cintas. El bouquet, la corona para la jardinera, las almohadillas para los anillos, el vino espumante para el brindis, las copas especiales, todo, quedó reservado para esa segunda oportunidad y guardado en una maleta. “Dios sabe lo que hace y por qué lo hace” se dijo. El viaje de regreso era ineludible, el cambio de fechas extremadamente caro. Los documentos legales a penas lograron salir ese dia por la mañana. Así que o se casaban por la tarde o se esperaban a volver en unos 6 u 8 meses. Así que, ¿por qué no? Al menos la via civil podría arreglarse y avanzar con los tramites legales para la experiencia de vivir en otro país. Margarett avisó a varios de sus familiares que vivían cerca de su casa, y a sus dos hermanos. Steven por su lado, avisó a sus pocos amigos, ya que salvo su pequeña hija Julia, fruto de su segundo matrimonio, no tenía más parientes en la ciudad. La decisión se tomó a las 11 de la mañana y el evento citaba para las 6:30 pm. A las 12 horas exactas, Steven tomaría un vuelo hacia Nueva York, para regresar a su trabajo, justo a tiempo para el inicio de una conferencia mundial sobre cambio climático. Así que sin mucho detalle, todo por teléfono, tanto Margaret como Steven organizaron la boda civil y se reunieron en el hotel casi dos horas más tarde de lo previsto. Un poco más de 15 familiares participaron. Todos, menos el primo James. Steven lo pensó mucho, y sabía que James tenía la posibilidad de llegar a la boda, pero le dio pena avisar contra reloj. Qué pensaría Martha? La esposa de James? Martha era una mujer muy importante, vivía muy comprometida en sus negocios y de seguro estaría demasiado ocupada para acompañar a James. Siendo que era una mujer acostumbrada a la etiqueta y el protocolo, se vería terrible avisarle a quemarropa. Así que, aunque el primo James era todo terreno, Margarett y Steven podrían reservarles una invitación más formal para la boda eclesiástica. Pero craso error. James se Dio cuenta y no perdonó la omisión. Otros parientes que se dieron cuenta por las redes sociales tampoco se sintieron cómodos de haber sido excluidos, pero ¿cómo explicarles a todos? Margarett y Steven escribieron un mensaje incluyendo a los familiares y amigos que no pudieron estar y se excusaron con todos indicando que confiaban en que Dios les permitiría hacer algo más organizado para la segunda etapa, es decir, el matrimonio por la iglesia. Pero el primo James, dejó de hablarles. Se dio por ofendido. Y tal vez el cariño se habría perdido para siempre si no fuera porque Martha, al ver la reacción inmadura de James, se tomó la libertad de escribirles a Margarett y Steven que lamentaba que no hubieran podido estar presentes, pero que reconocía que las ocupaciones diarias y la vida que llevaban los había alejado, que podía notar la felicidad de los rostros en las fotos, y que lejos de sentir molestia estaba muy contenta de saberlos en el orden correcto. Les reiteró el cariño de familia que si no se expresaba frecuente, quería que supieran que existía y que en ningún momento pensaran que se habían ofendido, pues también eran responsables del distanciamiento de los últimos años. Margarett y Steven sabían que James por su carácter no habría dado su brazo a torcer pero Martha, mujer madura y serena, fue capaz de sembrar paz  donde parecía que habría guerra. Al menos ha podido ayudarle a James a tomar una actitud más conciliadora y a reflexionar sobre qué parte de la ofensa fue realmente la respuesta natural de una actitud  sembrada en el pasado. Para James ha sido difícil, porque no comprende cómo después de tantos momentos sensibles en la familia, para este preciso acontecimiento él no fuera parte. Como si cualquiera menos él fue más importante. Y eso es lo que Martha le pidió que pensara.

 

viernes, 8 de mayo de 2015

El color de la nada

No recuerdo cuando dejé esta página en blanco. Seguro fue cuando murió mi madre. Fue como haber partido temporalmente con ella, eso de quedarme "en blanco." Son tantas unidades de dolor que el cuerpo espiritual no puede sufrir mas. Para colmo perdí mi pequeña computadora portátil. Una minilaptop que con sacrificio mi madre, ya sabida de su enfermedad, fue a conseguirme sin importar la fila y el tiempo invertido. Lamento que haya desaparecido tras tanto esfuerzo. Pero sigo consolándome recordando unas sabias palabras que leí: "Un dia todo será dado". Todo lo que guardamos con tanto celo, lo que atesoramos en algún rincón de la casa, aquello que es tangible, y hasta lo intangible, un día, será dado. Lo mismo que las palabras nunca escritas, muertas antes de nacer, como la hoja en blanco, todo será: Nada.

Por eso, este día, que sea bueno. Que sea el día de los abrazos. El día de nombrar las cosas y anticipar el paraíso. Lo que quede, ya no seremos nosotros. Lo que vaya, eso, es lo que importa.

Una cosa que ví

Ayer como pocas veces tomé el metro un tanto más temprano, y aproveché para disfrutar de una tarde de primavera en DC. La explosión de colores, lo agradable de los rostros, los vestidos de amplias faldas, las sandalias de atrevidos diseños, los cabellos húmedos y sueltos, los rizos, las flores fucsias y blancas, la grama verde, los árboles contentos, los niños compartiendo la dicha con el trino de los pájaros de fondo y la libertad con que se disfruta este tiempo, me resultan inspiradoras.  Son las seis y media de la tarde y recorro downtown DC, línea roja hacia Glenmont. Todavía hay sol. Me siento en el último vagón y estoy justo a la par de una persona igual de gruesa que yo. La situación no es tan cómoda, pero ajusto mis brazos al espacio de la ventana y comprimo mis piernas lo más que puedo. Doy lo que recibo. No tengo queja. Se viaja en silencio la mayor parte del tiempo, y casi siempre hay un “excuse me” si la persona se quiere sentar a tu lado o simplemente levantarse. Al lado izquierdo de mi asiento van dos personas. Una joven afroamericana y un señor caucásico de edad madura. La joven lleva un teléfono inteligente y conversa. El señor abre un libro y se acomoda lateralmente para leer, pero al acomodarse incomoda a la joven. Ella se queja y se escucha molesta a lo que él responde que si no le gusta ir de esa manera, que busque otro medio de transporte. (Creo que lo mismo le habrían dicho en Nicaragua aunque, seguramente de manera menos elegante). Así que ella se enoja aún más y le dice en actitud retadora: Qué fue lo que dijiste? Volvelo a repetir? Y El señor con sus lentes en la nariz  mueve un poco la cabeza y suspira. Se guarda la molestia pero digo yo, por qué no se mueve de ahí? Por qué no busca un mejor compañero de viaje? Tal vez no quiera dar su brazo a torcer, me respondo. Y ella, alerta como una ardilla, mira de soslayo, mira nerviosa, como pugilista en entrenamiento, al sesentón domado que por ser más "rayado" que ella, se muerde la lengua y aguanta el mal rato.

El desorden de la muerte

Salvador Gómez, un predicador católico, mencionó recientemente que su pequeña hija le preguntó por qué la muerte no era ordenada. La niña observaba esto en el funeral de un familiar que había muerto sin llegar a la adultez. Pues bien, la desordenada muerte, nos tomó por sorpresa al gremio de los escritores nicaragüenses este lunes 4 de mayo 2015, al llevarse temprano la vida del escritor Edgard Escobar Barba, con quien tuve no sólo talleres, sino sensibles divergencias. Una de ellas era por la idea de que para escribir poesía no  hace falta esperar a que la musa descienda del Olympus, si no que había que –según él- “amarrarla”.  En ese encuentro, que ciertamente fue desafortunado para mí, tanto Edgard como Jorge Eduardo Arellano (Premio Nacional Rubén Darío) se encargaron de dejarme bien en claro, que lo que yo sabía hacer, era: Leer. “Lee bien, la actriz” dijo-Jorge Eduardo. Y por su lado, Edgard, se plantó en su posición de insistirme en escribir por encargo, como tarea, como oficio, un poema que nunca escribí. Esa fue nuestra gran diferencia: El proceso creativo individual. Y aún hoy me pregunto si puede un poeta escribir la dosis que le corresponde, o si me pasa sólo a mí, que no pude seguir la receta de Edgard. Tiempo después leí excelentes ensayos de reconocidos poetas, entre ellos Gabriela Mistral (salvando las distancias del tiempo y la escuela de la poeta) y me di cuenta que ella escribía  con un cuaderno en sus piernas. Algo así como un pintor a mano alzada. Y que el asunto era caprichoso entre uno y otro poeta. Pero no cabe duda que para escribir igual que para todas las artes hay que tener disciplina y que para crear una sociedad diferente hacen falta más humanistas, más personas sensibles y conscientes, más gente que ame lo que haga y ayude a otros, a los más jóvenes, a descubrir y potenciar sus talentos, igual que lo hizo Edgard. Ese mérito nadie lo puede objetar. Y si en algo podemos honrar su legado, es continuando la labor.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Conocer la Nieve



Este fue mi primer invierno en DC. Nicaragua aunque tiene cierta precipitación pluvial a partir de mayo, goza de un verano perenne y yo, jamás había visto la nieve. Me pareció como el lago de los cisnes ejecutado por un Bólshoi divino. Ese día quiso Dios que por aparente castigo, fuera a dejar unos documentos  a otro edificio. Era un dia frío, traía capas de ropa, abrigo, sombrero de lana, guantes, y botas para la esperada nieve. Y entonces, se dejó sentir con leve dulzura. La risa de unos niños me confirmó que se trataba de ella, la nieve decembrina, asaltando tardía, apenada, desposando con ternura los arbustos, acariciando los recordados cabellos, manoseando los inexpresivos cuerpos de quienes, me pareció, han tenido muchos inviernos. Pero ese no era mi caso, yo era otro infante buscando el origen del fenómeno, alzando mi rostro para sentir sus besos y dejarme amar por lo nuevo.