lunes, 12 de agosto de 2013

¿Quién envejece?

“Te vas a envejecer pronto” me dijo Warren, el mejor amigo de mi hermano al despedirse. Segundos antes me había preguntado qué hice anoche, mientras él  y mi hermano fueron a bailar y tomarse algo por ahí. La verdad es que me quedé en casa leyendo y navegando en internet, viendo videos de Youtube sobre distintos temas  sin ningún propósito definido más que el de matar el tiempo hasta dormirme.
Paso por un período de duelo, pero la razón por la que no salgo es simple: Soy una persona introvertida y encuentro relajante estar a solas, en casa. Así he sido desde la adolescencia. Salir para mí significa desgaste. A menos que sea un motivo supremamente importante para mí. Los espacios llenos no me recargan las pilas, me las agotan y me aturden los sonidos excesivamente altos. Claro, más de alguna vez logro entrar en esa necesidad de saturación espiritual y me dan ganas de salir a aturdirme. Pero valga decir que es eso, aturdirme los sentidos.

Pregunto: Una persona envejece más por estar en casa haciendo lo que le da paz y tranquilidad o envejece trasnochando, bebiendo y “divirtiéndose” entre bares y discotecas? En mi opinión,  por una cuestión biológica desvelarse agota y termina restando calidad de vida a las células, las discos están llenas de humo de cigarrillo, alcohol, y sonidos de altos decibelios  comida poco saludable y prácticas que pudieran resultar peligrosas  dependiendo de “lo que se encuentre en el camino.”  La única ventaja que veo, en una disco de esas, es la gente con la que puedas interactuar pero la verdad, es poco lo que puedas inferir con música estridente bombeando entre los interlocutores. De ahí que la experiencia del instinto resulte emocionante para los asiduos consumidores juveniles que llegan a estos sitios. La recarga viene pues, por la adrenalina del riesgo.  Es como elegir entre turismo de aventura y turismo de hoteles resort.

Disfruto mucho la naturaleza, los árboles, playas, lagos, los paisajes llenos de verdor, las conversaciones interesantes , no por lo ilustrada que puedan ser, si no por  la riqueza humana que puedan significar, qué me cuenta el interlocutor  más allá de la anécdota, con sus ojos, sus manos, su corporalidad. Luego como ocurre en pequeños pueblos, caminar sin miedo al asalto, observando la vida misma, los olores que desprenden las casas a ciertas horas  que la costumbre exige, como la hora del “tibio” o el chocolate con leche, cuando llueve; aquella tortilla de maíz recién palmeada, servida con abundante cuajada y café; las platicas amenas de las tías, de las abuelas, la novela compartida con todos, la hora de los secretos dichos entre murmullos a la hora de dormir, la hora del recuerdo de  infancia y la risa nostálgica, por aquellos tiempos que no volverán, la conciencia plena que cada minuto de vida conlleva ese minuto de muerte y que jamás volveremos a ser tan jóvenes como ahora, ciertamente, tengamos la edad que tengamos hoy. 

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