miércoles, 21 de octubre de 2015

Dormir caminando

Bien. Puede sonar raro, pero una puede dormirse caminando. Tan simple como levantarse a media semana contra todo pronóstico, resintiendo la falta de  descanso, arrastrando el fardo del deber en toda su crueldad, auto convencida que vale la pena todo esfuerzo por este presente de poderosa caducidad  al que hay que oponerse con optimismo; en fin, que te levantás de la cama, te bañás, te vestís y tomás tus cosas, las mismas cosas que en la noche dejaste a mano para sólo tomarlas y salir corriendo. Despertás por unos instantes para saludar, despedirte, y tomar el metro y dormitar todo el camino abrazada a tus cosas, mientras con un ojo lees los rótulos de cada estación y con el otro, calculás cuánto mas podés seguir cabezeando, sin llegar al ronquido, hasta la estación final. Bajás del metro y subís la escalera abrigándote un poco por aquéllo de las ráfagas de aire, y qué bien, es un dia frío y nublado, y tan temprano que está oscuro- pero ya hay tanta gente que se ha adelantado a vos- Muchos que no duermen desde horas antes que vos salieras de casa. Y seguís tu curso, prácticamente en modo automático, con alguna parte del cerebro en vigilia y la mayor parte luchando por no apagarse mientras caminás, y entonces suscita un mareo, que es igual que un tango, una lucha entre dos que quieren lo mismo pero a la vez se rebelan. Te detenés o seguís caminando? Hacés trucos, mirás fijo la señal de tráfico o le pegás los ojos a los deportivos morados que lleva la señora de enfrente, o a los zapatos de cuero crudo que lleva un joven economista bien pagado y ambicioso que se acelera adelante de vos. Respirás profundo como para que  el aire frío le tuerza el cuello al cisne y te den ganas de despertar o de apagarte por completo sin importar si el cuerpo caminante llegó al destino con una colcha encima o tragando un café.