sábado, 30 de agosto de 2008

Mi lado azul

A la edad de 6 años mi maestra llamó a mi madre para reclamar su falta de supervisión puesto que en la tarea de la escuela yo había pintado un árbol de hojas azules y púrpuras, y que los árboles nunca eran azules si no verdes.
El retrato que hizo mi amiga de Masya, Tanya Algaba , despertó este recuerdo de infancia de cuando yo pinté un árbol azul.
Ahora, frente a mi imagen adulta retratada aquí, con el cabello completamente azul y algunos trazos púrpuras, algo de mi esencia se ha plasmado con una habilidad, a mi juicio, metafísica. Alguien ha viajado en la eternidad de la materia y ha encontrado el sueño de un reencarnado que vuelve a una época húmeda de color azul, donde una mujer dedicada a la enseñanza se lanza por desamor a un abismo y al caer, de su cuerpo brotan claveles rojos. Esos mismos claveles rojos que ha colocado a modo de atuendo a la imagen del retrato. En su regreso astral, ha descubierto el árbol también azul de la infancia y el origen forestal de un nombre: Andira Inermis. El nombre con que me dotó para esta existencia mi padre.
Andira Inermis, es Almendro macho, Almendro de río. Crece abundante en el vecino país de El Salvador. Sin embargo Andira Inermis es un almendro nulo, un almendro que da frutos que no se comen, que da flores que no huelen, y que tiene propiedades que en desproporción pueden ser perjudiciales para la salud. Pero es un hermoso árbol. Abundante y protector. Una Venus con gavetas.
En el rostro hay también una división cromática. Dos colores, uno frío otro caliente. Dos polaridades. Esta quizás sea la develación más intensa. Por un lado el color caliente de una piel morena como en efecto es la mía, fruto de mi negritud ancestral notable en esa amplia frente y en los labios carnosos, un rostro mestizo con un ojo más claro que el otro. Un café miel que recuerda los ojos de una niña dulce y en el otro extremo, el color frío del azul marmóreo del dolor pasado, quizá el hallazgo genético de un taratabuelo criollo de mejillas rosadas y ojos celestes. O bien, esa cicatriz espiritual que me avejenta al espíritu, y abre las puertas de mi Hades y sus tinieblas humanas. Ambos ojos emiten el mensaje de un mismo rostro con dos formas de enfrentar la vida. Cada uno ofrece una intención y por tanto tiene su lectura propia. A la vez que vistos en conjunto nos sugieren la sutil dicotomía de la máscara teatral a la que también me adhiero.
Es habilidad del actor teatral el desdoblamiento en otra persona que no es precisamente uno. Un ser creado en virtud de la observación y la capacidad histriónica, pero sobre todo en virtud de la necesidad de ser otro que de forma ordinaria nunca podrías ser. Este es pues, mi lado azul, el lado profundo que me hace procurar ser otros o escribir o pintar árboles que como mi nombre dan frutos que no se comen y tienen hojas con colores que en el mundo real, desafortunadamente, no existen.

Andira Watson
Managua, 15 de junio de 2008.

3 comentarios:

frida dijo...

Eh, realmente no se que decir pero es beautiful. Al leerlo me recorde de los arboles de mango al frente de tu casa, el camino polvoso de los Flores; las palmeras de coco por la casa de tu tia y del Flipper y por alguna otra razon de la Paula Chela.
De todo Corazon y desde el Centro Montanoso de Afghanistan Felicidades; muchas Felicidades!

Me, Karla

David Alonso Pérez dijo...

mis árboles también eran azules y rojos y verdes, también me dijo la profe que los árboles son verdes. Y nunca se me olvido eso, por que siempre vi los mangos mudar de colores, cafe, verde y amarillo. Y luego vi árboles de colores por todos lados, pero aún los maestros dicen que solo hay árboles verdes.

Andira Watson dijo...

Gracias a ambos por sus comentarios. Hoy día sinceramente, pienso que los árboles son hermosos del color que sean, siempre que reflejen ese esplendor.
Yo pintaba las hojas moradas, azules, las miraba de noche. Pero cómo se le explica ese exceso de creatividad a un profesor tan naturalista?